Ni en el mundo, ni, en general,
tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda
considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo
una buena
voluntad. El entendimiento, el gracejo, el Juicio, o
como quieran llamarse los talentos del espíritu; el
valor, la decisión, la perseverancia en los propósitos, como
cualidades del temperamento, son, sin duda, en muchos
respectos, buenos y deseables; pero también pueden llegar a
ser extraordinariamente malos y dañinos, si la voluntad que
ha de hacer uso de estos dones de la naturaleza, y cuya
peculiar constitución se llama por eso carácter, no
es buena. Lo mismo sucede con los dones de la fortuna. El
poder, la riqueza, la honra, la salud misma y la completa
satisfacción y el contento del propio estado, bajo el nombre
de felicidad, dan valor, y tras él a veces
arrogancia, si no existe una buena voluntad que rectifique y
acomode a un fin universal el influjo de esa felicidad y con
él el principio todo de la acción; sin contar con que un
espectador razonable e imparcial, al contemplar las
ininterrumpidas bienandanzas de un ser que no ostenta el
menor rasgo de una voluntad pura y buena, no podrá nunca
tener satisfacción, y así parece constituir la buena
voluntad la indispensable condición que nos hace dignos de
ser felices.
Algunas cualidades son incluso favorables a esa
buena voluntad y pueden facilitar muy mucho su obra; pero,
sin embargo, no tienen un valor interno absoluto, sino que
siempre presuponen una buena voluntad que restringe la alta
apreciación que solemos
―con
razón, por lo demás―
tributarles y no nos permite considerarlas como
absolutamente buenas. La mesura en las afecciones y
pasiones, el dominio de sí mismo, la reflexión sobria, no
son buenas solamente en muchos respectos, sino que hasta
parecen constituir una parte del valor interior de la
persona; sin embargo, están muy lejos de poder ser definidas
como buenas sin restricción
―aunque
los antiguos las hayan apreciado así en absoluto―.
Pues sin los principios de una buena voluntad, pueden llegar
a ser harto malas; y la sangre fría de un malvado, no sólo
lo hace mucho más peligroso, sino mucho más despreciable
inmediatamente a nuestros ojos de lo que sin eso pudiera ser
considerado.
La buena voluntad no es buena por lo que
efectúe o realice, no es buena por su adecuación para
alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto; es buena sólo
por el querer, es decir, es buena en si misma. Considerada
por sí misma, es, sin comparación, muchísimo más valiosa que
todo lo que por medio de ella pudiéramos verificar en
provecho o gracia de alguna inclinación y, si se quiere, de
la suma de todas las inclinaciones. Aun cuando, por
particulares enconos del azar o por la mezquindad de una
naturaleza madrastra, le faltase por completo a esa voluntad
la facultad de sacar adelante su propósito; si, a pesar de
sus mayores esfuerzos, no pudiera llevar a cabo nada y sólo
quedase la buena voluntad
―no
desde luego como un mero deseo, sino como el acopio de todos
los medios que están en nuestro poder―,
sería esa buena voluntad como una joya brillante por sí
misma, como algo que en sí mismo posee su pleno valor. La
utilidad o la esterilidad no pueden ni añadir ni quitar nada
a ese valor.
Copiar (http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiamedievalymoderna/Kant/Kant-Voluntad.htm) y pegar no merece comentarios
ResponderEliminarLa intención de esta entrada, no era hacer simplemente un copia y pega. Sino, complementar la información de la moral Kantiana, para responder a los comentarios que ha generado. lo hubiese pegado en los comentarios pero...
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